En fotografía gastronómica es vital mostrar y destacar las cualidades de los productos e ingredientes: tenemos que explicar con el sentido de la vista aquello que quien mira la fotografía no puede captar con el sentido del gusto. Para eso hace falta tener mucho cuidado con los detalles de los alimentos: mostrar la textura de una pieza de carne o la transparencia de una hoja de lechuga en todo su esplendor.

Una herramienta ideal para llevar a cabo este difícil propósito es un objetivo macro. La gran ventaja que ofrece este tipo de objetivos es que permite hacer planos muy cerrados y retratar objetos a medida real: es decir, el objeto que queremos fotografiar se proyectará en el sensor de nuestra cámara en su medida real. Os quedará mucho más claro con un ejemplo: un macro 1:1, com el que usamos en 365mm, permite que la reproducción de un grano de café de 8mm ocupe 8mm sobre el sensor de nuestra cámara a la distancia mínima de enfoque. Ésta es la clave de los objetivos macro: una imagen tomada con un objetivo macro puede llegar a revelar detalles que el ojo humano en condiciones regulares no percibiría, como la textura de una fruta o los pliegues y pequeñas arrugas que muestra la piel. Es por esta razón que cuando un cliente nos pidió una serie de fotografías, que son las que ilustran este post, que transmitieran los aromas de unos cuantos alimentos, decidimos tomarlas con el macro 100mm 2.8 USM de Canon.

Tenemos que advertir que no es fácil usar un macro, puesto que para sacarle el máximo partido hay que tener muy claro cómo aumentar y disminuir la profundidad de campo y tener mucho cuidado con la iluminación que usamos. Aún así, nos permite conseguir efectos muy interesantes, como el bokeh, que es el efecto de que los objetos desenfocados del fondo son como manchas suaves de color, casi como acuarelas, como podéis observar aquí:

Y es que ya lo dijo Robert Capa: “si tus fotos no són suficientemente buenas es que no estabas suficientemente cerca”. ¡Que la fuerza del macro os acompañe!